Recuerdos engañosos

Mi esposo y yo nos entretenemos viendo YouTube. Sí, tenemos nuestros youtubers favoritos y todo eso. Una noche veíamos un canal de viajes. El dueño del canal reseñaba un bonito restaurante que había visitado.

El restaurante está ubicado en un lugar al que nosotros habíamos viajamos un tiempo atrás y nos había gustado mucho. Entusiasmado, mi esposo comenta…


- “¡Mirá! Allí estuvimos.”

- “No, allí no fuimos…”

- “Que sí, entramos. ¿Vos no te acordás?”

- “¡Eh! Nooo… Yo no he comido allí. ”

- “¡¡¡Entramos!!! Y nos sentamos y todo.”

- “Mmm… No me acuerdo. Me acuerdo del otro lugar. No de allí.

- “Ahhh. Que no comimos porque solo aceptaban efectivo, pero sí entramos y nos sentamos, pero nos fuimos…”


Yo sigo sin recordar ese episodio del viaje. En otra época de mi vida es posible que esa conversación hubiera generado una discusión, pues mi ego insistiría en tener la razón. Ahora me dio un poco de risa cuando realicé que yo recordaba otro episodio del viaje mucho más casual y calórico.



Lo que yo recordaba era nuestro encuentro con "el patio de la empanada". Una amiga me lo había recomendado al enterrarse que visitaría su tierra natal. Insistió en que no me las podía perder. Siendo ella oriunda del sitio, le tomé la palabra. Fui feliz al encontrarlas y no sé ni cuantas empanadas me comí. ¡Estaban ricas! Y me hacía ilusión verla para contarle y agradecerle.


Pero del otro lugar yo, ni el más remoto recuerdo. ¡Ji, ji, ji!


Lo que compone nuestros recuerdos

En un documental en Netflix (sí, es nuestra otra fuente de entretenimiento) titulado “La mente, en pocas palabras: Recuerdos”, aprendí que los detalles de un recuerdo cambian en un 50 por ciento pasado un año de vivencia. ¡Imagínate si pasan dos, cinco o diez años! Y así como yo, todos somos capaces de ponernos a discutir por cosas que pensamos que recordamos bien, aunque no realmente así.


La información que compone nuestros recuerdos se guarda en distintas partes de nuestro cerebro. Aunque para nosotros un recuerdo es un recuerdo y no pedacitos de información. ¿Qué provoca que algunas cosas las recordemos más que otras, como yo con las empanadas?



Según el documental que vi e inspira esta nota hay tres elementos que nos hacen recordar más ciertas experiencias que otras:


1. Las emociones:

Si el evento tiene mayor contenido emocional, lo recordaremos más. Por ejemplo, yo estaba muy feliz de haber encontrado el lugar de empanadas, el que mi amiga me había recomendado.


2. El lugar:

Según el significado que le damos también recordamos más. Es cierto que no tengo clara memoria del aspecto de la fondita de mi historia. Sin embargo, mi impresión sensorial de las sabrosas empanadas y la amabilidad de la gente se quedaron conmigo.


3. La historia:

La narrativa que armamos sobre lo sucedido modifica el recuerdo y lo hace fácil de recordar. En mi historia de la fondita, todo había comenzado con la recomendación de mi amiga, el reto de encontrarlo, y saborear. Final feliz.


Ahora, esto que nos ayuda a recordar, también deforma nuestros recuerdos. Si la emoción no es grata o es perturbadora, si el lugar me disgusta o si la historia que me cuento sobre el evento es desagradable, todo mi recuerdo tendrá un tinte desalentador o negativo.


¿Somos nuestros recuerdos?

Reflexiono sobre esto porque solemos dar gran importancia a nuestros recuerdos y pensamientos relacionados con ellos. Asumimos que todo es tal cual como uno dice o recuerda. Y esto puede ponernos bastante emocionales. ¿O no te ha pasado?


Quizá esto poner en duda la fidelidad de nuestros recuerdos y pensamientos suene complejo. Se trata de cuestionar al boss, a la mente. Más que cuestionar, se trata de verlos con curiosidad y aprender cómo funcionamos.


Nuestra práctica en Yoga es mucho de eso: buscamos conocernos mejor a través de la práctica de asanas, respiración, meditación. Y eso incluye conocer mejor a nuestra mente. Al conocer mejor a nuestra mente, podemos ajustar aquí y allá e irla entrenando.



También pienso que eso de mirar los recuerdos y pensamientos con curiosidad es una invitación a desaprender. Siguiendo esa idea, encontré esta frase que me gustó mucho y que achacan a Buda: “Para entender todo, es necesario olvidarlo todo”.


Nuestros recuerdos y pensamientos no son inmutables. Cambian, como todo en la vida. Si los observamos con esa curiosidad de primera vez y con más flexibilidad, quizá nos cuestionemos y nos juzguemos menos...


Y si eso sirve para estar un poco más relajados y discutir menos, bienvenido sea.


¡Hasta la próxima!


Sis


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